El lunes 24 de junio participé del encuentro sobre Género, Feminismos y Políticas Públicas organizado por el Instituto de Cultura Universitaria y el Departamento de Ciencias Políticas de la Universidad Católica Argentina.

Como expositoras, me acompañaron en el panel la Lic. Josefina Perriaux de Videla (Filósofa – Instituto para el Matrimonio y la Familia, UCA), la Dra. Marcela Mazzini (Teóloga – Facultad de Teología, UCA) y la Dra. Soledad Carrizo (Abogada UCC – Diputada Nacional por la Unión Cívica Radical).

Para explicar un poco de qué se trata la planificación pública con perspectiva de género, les conté mi historia, y los obstáculos que tuve que atravesar como mujer en los espacios de poder y de representación política. Utilicé también  al empleo y al espacio público como ejemplos de áreas en los que se puede intervenir desde una mirada de género.

Es que es difícil explicar una mirada. Y en definitiva, de eso se trata la perspectiva de género. De una forma de mirar en búsqueda permanente de la equidad, de generar reales e iguales oportunidades para todos y todas. De reconocer, además, que los puntos de partida son diferentes. 

Lo que queremos construir es un nuevo modelo de convivencia desde un enfoque de derechos con igual acceso, disponibilidad, calidad y permanencia para todos y todas. Esto incluye al trabajo, a la vivienda, a la educación, a la alimentación saludable, al ambiente sano, al cuidado a la participación, a la salud, a la recreación, a la cultura, a la seguridad, a la comunicación, a la ciencia y a la información. 

No todos los feminismos son iguales: hay muchas y variadas diferencias, y creo que es saludable porque muestra la heterogeneidad del movimiento.

No solo existen diferentes representaciones -cosa que muchas veces se critica cuando en realidad es inevitable, porque somos todas personas-, sino que también hay diferentes puntos de vista sobre cuáles son las prioridades en materia de igualdad de género 

El artículo ¿Soy una mala feminista? de la escritora Margaret Atwood nos recuerda  la necesidad de dar lugar a las diferencias de opiniones, incluso, dentro del pensamiento feminista. “Nunca -ni en sus orígenes- el feminismo fue una unidad de pensamiento y de acción monolítica, y no veo por qué debería serlo ahora. Hay que reconocer la diversidad de voces dentro del feminismo como en otro tipo de cuestiones donde la única mirada la única perspectiva reduccionista produce más grietas y distinciones que acciones constructivas para avanzar en ampliación de derechos”.

No es momento de dividir a la sociedad con colores: verdes, celestes, naranjas, etc. Es momento de unir. De entender la diversidad como una oportunidad, no como un obstáculo. Necesitamos sumar (no restar) esfuerzos para caminar hacia la igualdad de la mujer. En estos tiempos de prepotencia, indiferencia y rencor hacia el que piensa distinto, nuestro desafío es aprender a escuchar (no oír) y subrayar las coincidencias.

Si hay algo que aprendí del sindicalismo es que la construcción solo puede ser colectiva. Y las mujeres sabemos construir de manera colectiva, tejiendo redes, apoyándonos en los puntos que nos unen, en las coincidencias más allá de las diferencias.

Las mujeres participamos, luchamos, militamos. No queremos más, queremos lo mismo. Realizar transformaciones en las formas de hacer política es una estrategia fundamental para conseguir cambios sociales profundos y ese es el camino y desafío que tenemos por delante.